ELOGIO A LA LENTITUD - Momentos para discrepar

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sábado, 15 de enero de 2022

ELOGIO A LA LENTITUD

Es posible otra forma de vivir distinta a la actual del mundo occidental: sin prisas, sin agobios, sin adicción al ruido que nos produce el día a día, sin permitir que la vorágine de nuestras actividades nos zarandee de uno a otro lado. Para ello basta con seleccionar cuáles son las cosas que realmente nos apasionan, aquellas que realmente vivimos de verdad. Nuestra vida actual promueve que nos cueste mucho tomarnos tiempo para nosotros mismos, lo que nos dificulta afrontar la vida con tranquilidad.
La prisa es el motor de todas nuestras acciones y envuelve nuestro día a día acelerándolo, rindiendo culto a una velocidad que supuestamente nos hace mejores. Pero existe la posibilidad de llevar una vida más plena y desacelerada, consiguiendo que cada individuo pueda controlar su propio periplo vital. Se trata de poder y saber elegir la marcha adecuada para cada momento. Hay que correr cuando las circunstancias así lo exijan, y saber controlar el estrés que ello genera. Pero a la vez hay que saber detenerse para disfrutar plenamente de las condiciones de un presente prolongado.
La vida rápida es superficial, mientras que la lentitud no tiene nada que ver con la ineficacia, sino con el equilibrio. Actuamos como si no fuera a existir un mañana, como si los recursos naturales fueran infinitos, aunque sabemos que no lo son. Muchos condicionantes de la vida moderna, combinados con la velocidad, con la rapidez, nos empujan a vivir con superficialidad.
Pero si algo de positivo tuvo, y sigue teniendo la crisis del COVID 19, eso ha sido que inesperadamente nos hizo bajar el ritmo de vida habitual —al menos en momentos tan clave como durante el confinamiento—, demostrándonos que era posible, que podíamos disfrutar de nuestro tiempo. También nos permitió cuestionarnos si el ritmo de vida que llevábamos hasta ese momento era el deseable.
Lo cierto es que nos posibilitó redescubrir que se puede vivir nuestra trayectoria vital de forma más pausada y consciente. En suma, todo un planteamiento para volver a cuestionarnos nuestra forma de vivir. Y esto es una realidad, porque la pandemia, el encierro y sus secuelas, nos permitieron disfrutar más de nuestro tiempo empleándolo en aquellas cosas que nos eran realmente significativas.
En nuestro modo de vida occidental priorizamos el trabajo sobre el resto de las cosas; mantenemos un consumismo desatado que nos hace vivir a la carrera impidiendo detenernos a pensar las cosas que realmente son importantes para nosotros. En esas condiciones no podemos disfrutar plenamente de nuestro tiempo en el sentido más profundo. Y deberíamos recordar que nuestro tiempo de vida es lo único que realmente se nos ha dado.
Elegir la lentitud no se refiere, o al menos, no únicamente, a hacer lo mismo que hacemos, pero más despacio. Significa, básicamente, tomar conciencia del ahora, concentrándonos en apreciar lo que hacemos en cada momento, sin interferencias de pensamientos de nuestro pasado y de lo que haremos en el futuro.
Deberíamos volver a recuperar el deseo de conectar con las personas que nos rodean, con la comunidad en la que vivimos y desarrollamos nuestra vida; valorar las relaciones y velar porque el impacto de nuestra vida con el resto de nuestra comunidad fuera positivo.
Tendríamos que aprender a evitar o disminuir el consumismo. Lo material raramente es lo más importante. Eso se aprende cuando nos sorprende la desgracia o la enfermedad. Debemos ser consumidores conscientes, conocer qué cosas son las que verdaderamente necesitamos, y deshacernos del deseo de tener aquello que no necesitamos. Las redes sociales son unas grandes creadoras de necesidades superfluas. Saber desconectar de ellas utilizándolas el tiempo preciso, sin vivir enganchados; aprendiendo a dosificar el uso que damos a nuestros dispositivos, es asunto crucial para apreciar el efecto benefactor de la lentitud en la vida. Disfrutemos del silencio; amemos conseguir menores niveles de ruido. Seamos ordenados en nuestra vida; trabajemos para vivir, hagamos todo lo que podamos por nosotros mismos, aprendamos, en suma, a ser felices.
Algo que puede ser facilitado y surgir como consecuencia del solo hecho de elegir y saber llevar una vida más lenta.

1 comentario:

  1. Tienes razón Mariano, aunque no siempre es posible hacerlo. En ocasiones porque nuestro ritmo de vida nos viene impuesto por la misma sociedad en la que vivimos, sobre todo, en las áreas de mayor densidad humana donde las necesidades más básicas se consiguen a través del dinero, y este no llueve del cielo. Hemos de trabajar al ritmo que nos exigen las empresas o nosotros mismos para alcanzar ese bienestar dehumanizado que nos impone la sociedad, caso contrario, te quedas fuera.
    Durante mi vida laboral he vivido con esa prisa y con el estrés que producía hasta el punto de llegar a sufrir un infarto de miocardio. Sin embargo, tan pronto como me era posible me iba a pescar al mar, y sigo haciéndolo. Supongo que la fotografía corresponde a las Lagunas del Ruidera, tan queridas por ti.

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