EL HOPLITA - Momentos para discrepar

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martes, 31 de agosto de 2021

EL HOPLITA

 

 


Durante el largo proceso de mi aprendizaje escritor —proceso que continúa y continuará por el resto de mis días—, una de las mejores lecciones la obtuve del que fuera mi director de tesis, doctor Santos Juliá, que en referencia a la misma me recomendó: “Piensa los hechos políticamente, pero no elabores ninguna utopía”. Y le hice caso. Desde entonces he analizado la historia en perspectiva política; nunca ideológica. Lo que me ha ocasionado múltiples desencuentros con muchos de mis lectores, con respecto a mis obras, que solo han sabido interpretarlas desde una especie de sesgo ideológico que, desde luego, no tenían en la intención del autor.
Pero es que, además, de aquellos tiempos y de aquellos estudios, me quedó, grabado como a fuego, un inmenso interés por la Grecia clásica, y una profunda admiración por su cultura política y literaria que, desde entonces, me ha hecho seguir leyendo a sus clásicos, aunque, eso sí, espaciadamente a lo largo del tiempo. Y entre ellos, con especial fervor, a los maestros estoicos que hoy tienen sus fervientes seguidores en la corriente anglosajona del estoicismo moderno.
De modo que siempre he tenido claro que algún día escribiría una novela centrada en aquel periodo que tanto me fascina. Lo que no podía prever es que se demoraría tanto tiempo dentro de mi hacer.
El hoplita es, al fin, aquella novela que tenía pendiente, y debo decir, para mi propia sorpresa, que me ha resultado una obra fácil de escribir. Por las ganas que tenía de hacerlo, por el importante conocimiento acumulado sobre el contexto, y porque al cabo, después de la larga serie de “España en guerra”, con siete títulos en su haber, algo se aprende sobre cómo tratar los temas, y sobre todo en qué cosas no se debe volver a caer.
Y algo que he aprendido bien, es la diferencia entre escribir historia novelada, y novela histórica. Y una novela histórica al respecto era lo que yo quería hacer.
La trama, por tanto, es una ficción literaria que ha ido surgiendo a medida que avanzaban sus páginas y los personajes asumían sus roles. Así que el resultado final ha sido muy distinto al que en principio concebí. Porque pensaba que el estoicismo jugaría un papel fundamental en la trama, para encontrarme con que esto no ha sido así; vamos, que, si me descuido, no se llega a encontrar ni rastro de esa disciplina filosófica en ninguno de los personajes de la acción. Y ello porque al poco de comenzar, esos personajes tomaron su propia vida, dirigiendo con sus cuitas al sorprendido escritor.
La trama tiene su desarrollo en una temática próxima a la novela negra —novela negra, quién me lo iba a decir—, situada en el contexto histórico de la caída del mundo heleno bajo las garras de Macedonia, y las primeras campañas de Alejandro en Asía Menor y sobe el imperio persa. Ariófanes, uno de los diez generales estrategas de Atenas, es envenenado en un simposio del propio strategeion, el órgano institucional de toma de decisiones militares. Su hijo, Efíaltes, jura vengar su muerte. Para ello se une a las tropas de Alejandro, donde aspira a alcanzar rango y gloria militar. Pero casi muere en lo que aparenta ser la larga mano del complot ateniense contra su propio padre y contra él.
En definitiva; usos, leyes y costumbres de la Grecia clásica; desarrollo de doctrinas filosóficas y avances médicos desde el corpus de la escuela hipocrática, se mezclan en una trama de inesperado final. Al menos, eso es lo que piensa el autor.
Pero el autor también conoce que, una vez publicada El hoplita, ya no controlará los resultados; que no dependerá de él, el hecho de si gustará o se leerá, si el público, en definitiva, aceptará su contenido, o si por el contrario suscitará rechazo o aversión. Lo único que el autor puede hacer es mantener sus propios juicios sobre la obra, la concordancia con sus valores, y las posibles decisiones que se tomen según la reacción del público. Pese a ello, lo cierto es que me gustaría que resultara apreciada por el futuro lector. Ojalá.





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