SANGRE ESPAÑOLA EN LA URSS - Momentos para discrepar

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martes, 12 de julio de 2022

SANGRE ESPAÑOLA EN LA URSS



El 23 de agosto de 1939, Alemania y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) firmaron un Pacto de No Agresión, que en lo fundamental suponía el reparto del suelo polaco en sendas zonas de influencia entre ambas potencias.
El día 1 de septiembre de 1939, apenas diez días después, la Alemania nazi dio inicio a la invasión de Polonia, creando con ello el auténtico casus belli que daría comienzo a la II Guerra Mundial.
En junio de 1941, las tropas alemanas y sus aliados ocupaban victoriosas la mayor parte del suelo europeo. Ensoberbecido del poderío de sus tropas, el Führer dio orden de dar comienzo a la “Operación Barbarroja”, la invasión de la URSS. Sus ejércitos rebasaron las líneas de demarcación establecidas en suelo polaco mediante el Pacto de No Agresión. Con esta ruptura del tratado, la Alemania nazi declaraba de hecho la guerra a la URSS, con la única excusa oficial de acabar con el comunismo internacional. Lo que motivó que, el mismo día del ataque inicial a la URSS, Serrano Suñer, ofreciera al embajador alemán, Von Stohrer, la cooperación española en la guerra contra el comunismo y la Unión Soviética.
Por su parte, las posteriores deliberaciones del Consejo de Ministros, asesoradas por el generalato, a través del Estado Mayor, acordaron participar en la guerra contra los soviéticos mediante la contribución de una división de infantería y una escuadrilla de aviación, que lucharían encuadradas en las unidades de la Wehrmacht y la Luftwaffe, respectivamente.
También la Falange española se movilizó en su totalidad, pues no en vano, era pilar básico de su credo político la lucha contra el comunismo hasta conseguir su extinción.
La unidad que el Gobierno español decidió crear para combatir al comunismo en la URSS, tomaría el nombre oficial de División Española de Voluntarios; bautizada extraoficialmente por los jerarcas de Falange española, como División Azul.
Aunque en realidad, la unidad que se enviaría a Rusia, con sus correspondientes relevos, no fue tal División Azul, si con ello pretendemos considerarla como emanación unívoca del falangismo español. Porque la mitad de los voluntarios —y eso en la primera recluta—, procedieron de los regimientos de línea militares españoles. En las posteriores, el porcentaje; entre militares en cumplimiento del servicio obligatorio; otros componentes procedentes del bando republicano prisioneros en los campos y en las cárceles; además de meros delincuentes convictos y encarcelados, junto a extranjeros mercenarios; constituyó un elevado porcentaje del componente de la División.
Y ello, porque el reclutamiento, ya desde el mismo verano de 1941, no fue tan masivo como se esperaba entre los falangistas. De modo que se encontraron problemas para alcanzar los algo más de diecisiete mil hombres que compondrían el primer reemplazo. Lo que motivaría que en los últimos cuatro días de reclutamiento se forzara la presión, y se buscara a los que les podía motivar la paga ofrecida —elemento vital en aquella España de posguerra— y personas no adictas al régimen, a los que se les ofrecía, a cambio del alistamiento, un mejor trato, tanto a él como a sus familiares encarcelados, o una mejor consideración de su persona a su regreso del frente. El primer contingente, así formado, alcanzó la cifra de diecisiete mil novecientos cincuenta y un hombres, de los cuales, aproximadamente la mitad procedían de las milicias falangistas. El resto fueron soldados de reemplazo del Ejército, y liberados de los campos de concentración a cambio de su alistamiento “voluntario”. Un conglomerado de hombres, ideas y costumbres, cuya convivencia resultaba incierta y su posible eficacia en combate, dudosa. Sin embargo, la unidad cuajó, logrando un cuerpo unido bajo la realidad de españoles que combatían junto a un ejército —el alemán— a cuyos componentes pronto aprendieron a despreciar por su insoportable racismo y crueldad. De modo que el ideal primigenio cambió, progresivamente, del idealismo para unos, y la obligación para otros, a la mera idea de vivir para regresar. Y este fue, a grandes rasgos, excepción hecha de la oficialidad, el objetivo final que guio a los hombres de la División.
En un primer momento, la respuesta fue inmediata, seleccionándose un contingente compuesto por seiscientos cuarenta y un oficiales, dos mis doscientos setenta y dos suboficiales, y quince mil setecientos ochenta soldados, que se encuadrarían en la división de infantería. Por otro lado, se seleccionaron veintiocho oficiales y suboficiales, y ochenta y un cabos y soldados, que conformarían el componente de la escuadrilla. En total, dieciocho mil ochocientos voluntarios.
Con Alemania se acordó que todos los expedicionarios serían equipados y entrenados, previamente a su entrada en combate, por sus fuerzas armadas, de modo que los divisionarios combatirían con uniformes alemanes.
La primera expedición partió el 13 de julio de 1941. Después se sucedieron las salidas desde la madrileña estación de Madrid-Príncipe Pío, y de otras capitales de provincias, hasta que el día 23 de julio de 1941, se completaría el total de la expedición. Su destino fue el campo de instrucción y entrenamiento de Grafenwörhr, en Baviera.
  
 
Por su parte, el día 24, partiría la escuadrilla con destino a Verneuhen, en las proximidades de Berlín.
Las tropas de la división Española de Voluntarios conformarían la 250 División de la Wehrmacht, tras jurar fidelidad al Führer, el día 31 de julio de 1941. Dicho juramento especificaba que esa fidelidad solo se otorgaba para combatir al Ejército rojo en la Unión Soviética.
El precio humano que pago la División Española de Voluntarios, aunque resulte muy difícil cuantificar dada la enorme dispersión de las fuentes y sus diferencias de datos y apreciación, resultó muy alto. Una unidad que en total agruparía a unas cuarenta y cinco mil personas, se estima que tuvo unas veintidós mil bajas, entre muertos, heridos, congelados, enfermos y desaparecidos. Algunas fuentes, como la Fundación División Azul, eleva las cifras a unos veinticinco mil quinientos divisionarios. Lo que significa que el número de bajas se elevó hasta el cincuenta y seis por ciento. Es decir, uno de cada dos divisionarios, pagó con la vida, la salud o la libertad, su incorporación a la División. ¡Pocas veces una unidad del Ejército español sufrió un precio tan alto!
A cambio, se le atribuye un nivel de eficacia en combate elevadísimo. Se calcula que produjo unas cincuenta mil bajas al enemigo, lo que la situaría en balance de acción destructiva, en una proporción de dos a uno frente a las tropas del Ejército soviético.
Los cadáveres de los divisionarios no fueron repatriados. Y aún hoy, la mayoría, reposan en suelo ruso, dispersos en más de cien enterramientos; desde grandes cementerios, hasta tumbas individuales esparcidas por el campo. De hecho, solo la mitad de los fallecidos en combate fueron formalmente enterrados. El resto quedaron en fosas comunes o por enterrar.
Tan solo, cincuenta años después, en agosto de 1995, se firmó un convenio con una empresa alemana que posibilitó que los restos de los voluntarios españoles recibieran definitiva sepultura en el cementerio alemán de Pankovska, en Nóvgorod. Allí reposan, pues, una parte importante de los divisionarios que murieron en Rusia. Pero, pese a todo, la inmensa mayoría de los fallecidos aún está por localizar, y, por tanto, pendiente de exhumar.
Triste fin para unos hombres —idealistas, unos; vencidos y desesperados, otros—, que, equivocados o no, lo dieron todo; unos por su patria, por su país; otros por el mero hecho de subsistir como vencidos en una patria que ideológicamente ya no era la suya, hasta inclusive, lo máximo que podían dar: su propia vida.
Y es que, como dijera un oficial español en referencia a las particulares acciones de los divisionarios: “Los españoles saben morir por sus ideales, pero no saben vivir con ellos”.
 

 


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