MEMORIAS DE LA TRANSICIÓN (VIII): EL REGRESO - Momentos para discrepar

Lo último:

Anuncios adaptables aquí (0)

Anuncios adaptables aquí (1)

viernes, 29 de junio de 2018

MEMORIAS DE LA TRANSICIÓN (VIII): EL REGRESO

Regresé por fin a ese pueblo que con tanta ilusión había dejado un año atrás. Y lo hice para integrarme en el mundo laboral ferroviario, si bien bajo el condicionante de mi uniforme militar. Y pensé en lo mucho que me había esforzado por escalar puestos en la Promoción a fin de conseguir ese deseado destino rural. Sí, habían sido muchas horas de estudio y desvelos para superar con las mejores notas unos exámenes semanales que poco a poco me acercaron a los puestos que garantizaban mi decisión. Así que allí estaba, bajo ese sol abrasador del tórrido verano de 1977, recorriendo vías entre vagones de mercancías y observando maniobras ferroviarias de clasificación que me sorprendían por lo que de extrañas me parecían en su hacer.

Y descubrí que me gustaba ese ambiente, que me encontraba a gusto en la Empresa, una especie de micromundo ajeno al acontecer exterior, dado que después de más de un siglo de trayectoria laboral ferroviaria de estilo “paternalista”, los trabajadores y sus familiares se acostumbraron a percibir la presencia empresarial en todas las facetas de su vida, no solo en la laboral. De la empresa obtenían y obtienen préstamos y anticipos, cuentan con economatos de ropa y alimentación, reciben asistencia sanitaria profesional, mantienen colegios de huérfanos, y aún antes colocaban a sus viudas, accedían a viviendas de la compañía, sus hijos tenían preferencia para el acceso laboral a la Empresa. En resumen, la Empresa ferroviaria era y es un mundo en sí mismo, y los que habíamos vivido ajenos a ella, como yo, y lográbamos entrar, no podíamos dejar de sorprendernos por ese condicionante tan peculiar. Así que ¿cómo no me iba a extrañar?

Pero seguían ocurriendo cosas en el mundo exterior, aunque a mí cada vez me quedaban más lejanas y me despreocupaba más. Podía, eso sí, ver en televisión la solemne apertura de las Cortes con la presencia de don Juan Carlos I. Fue en Madrid, el 22 de junio de 1977, en el Palacio de la Carrera de San Jerónimo, donde Su Majestad, don Juan Carlos I, rey de España, saludó a los representantes electos del pueblo para reiterarles la esperanza de que los votos que les habían sido otorgados sirvieran de punto de partida para consolidar un sistema político libre dentro del cual pudieran convivir todos los españoles.

La apertura de esta primera Legislatura de las Cortes monárquicas supuso, nada más y nada menos, que el establecimiento pacífico de la convivencia democrática que se destruyó a través de un golpe de Estado en julio de 1936. Y fue el propio monarca quien abundó en que la pluralidad de ideologías que recogían las nuevas Cortes era la muestra evidente de la restauración de la soberanía en el pueblo español. Pero entonces yo no tenía ni idea de lo que eso significaba. En realidad solo sentía preocupación ante esa especie de inseguridad que vivía cada día. Y cómo no iba a tenerla con tan arduo camino como se había tenido que recorrer para llegar a este punto. Pero al final había triunfado la sensatez del pueblo, los deseos de cambio en paz, y sobre todo el pragmatismo y capacidad de evolución de esos líderes políticos que se sentaron en el Hemiciclo, eso sin olvidar la favorable disposición de la mayoría de altos órganos del Estado para asumir las exigencias del pueblo español.

Sí, todo eso había sido necesario para llegar a este punto. Un punto que no era otra cosa que un inicio de partida para construir la democracia a la que tanto tiempo se había aspirado: armónica en lo político, justa en lo social, dinámica en lo cultural y progresiva en todos los aspectos. Un deseo ampliamente compartido que solo sería posible si se conseguía obviar las causas históricas que propiciaron nuestros enfrentamientos. Pero aún faltaba mucho, bien lo sabía. Y haría falta mucha capacidad de diálogo para comprender que las diversas ideologías que estaban representadas en las Cortes respondían a un mismo fin: el entendimiento y la comprensión de todos para lograr esa Nación, esa España en la que todos podríamos convivir, en la que todas las aspiraciones pudieran resultar legítimas, y todas y cada una de ellas pudieran respetarse y limitarse recíprocamente.

Pero si algo destacó con especial énfasis en su discurso el Rey, esto no fue otra cosa que la solicitud y el deseo de que se elaborara un marco constitucional que sirviera para dar cabida a todas las peculiaridades de los españoles y fuera capaz de garantizar todos los derechos tanto históricos como actuales.
Así que poco después de esa inauguración solemne de Legislatura pude conocer la noticia de la constitución de la Ponencia para redactar el borrador de la nueva Constitución. En ella participaban todos los grupos parlamentarios a excepción del grupo mixto. Corría el primer día de agosto de 1977, el calor era asfixiante y yo ya me había buscado un pluriempleo en una oficina técnica a la que asistía por horas con el fin de poder ayudar mejor a esa familia que adoraba y que por fin ya había podido regresar. Porque la situación económica seguía siendo precaria, y si salimos adelante fue porque todos arrimamos el hombro como si fuéramos uno solo. Pero fue mucho lo que recibí a cambio, porque gracias a ello conseguí sentir como nunca lo que significaba la unión familiar.

Pasaban los días con lentitud y mi vida parecía instalada en una especie de normalidad. Sin embargo no todo era tranquilidad, porque lo quisiera o no, yo seguía acudiendo a mi trabajo vestido con el uniforme militar. Y fue allí, en el mediodía de aquel 11 de septiembre, cuando escuché a través de los informativos radiofónicos la impresionante manifestación desarrollada en Barcelona para celebrar la Diada: más de un millón y medio de personas se habían manifestado en las calles para exigir la autonomía y el autogobierno para Cataluña. ¿Pero qué sabía yo del nacionalismo? ¡Nada! ¡Absolutamente nada! Para mí, o mejor aún, para esa mentalidad pueblerina que había formado, el nacionalismo solo era un sinónimo de independencia, una execrable tapadera bajo la cual se podían esconder los más oscuros instintos hasta inclusive llegar al asesinato como modo de justificar lo injustificable: ¡Matar!; quitar la vida a otros seres humanos bajo las banderas ideológicas del nacionalismo y la autodeterminación. Así que volví a sentir miedo. Siempre el maldito miedo y la preocupación. Pensé que en España, en esa España rural en la que vivía, nadie aceptaría esas reivindicaciones. Es más, pensé que tampoco las aceptaría el Gobierno y mucho menos el estamento militar. Así que estaba seguro de que con ello el conflicto ocurriría. Y ya me veía recorriendo las Ramblas barcelonesas en patrulla y con el cetme municionado. Y me pesaba enormemente todo lo que conllevaba la disciplina militar. Porque en realidad a mí me daba lo mismo si los catalanes querían autogobernarse, lo único que deseaba era vivir en paz. Pero parecía que el destino no me iba a dejar.

A finales de octubre de 1977, el otoño anticipaba un invierno frío y en las oficinas de la clasificación —mi puesto de servicio en argot ferroviario— ya ardía la estufa de carbón. Aquel día, 17 de octubre, el informativo radiofónico anunció que se acababan de firmar los “Pactos de la Moncloa”. Y como ya era normal en mí, ni caso le presté a la información, embebido como me encontraba en rellenar impresos y modelos ferroviarios. Sin embargo esto no era un tema baladí. Las fuerzas políticas con representación parlamentaria habían alcanzado un consenso a fin de conseguir la recuperación económica. En momentos en que la inflación alcanzaba el veintiséis por ciento, y el paro laboral era consustancial, asentar la democracia pasaba por recuperar la economía y dar trabajo a los españoles, además de afrontar otras importantísimas reformas estructurales como la nueva ley de Seguridad Social, la reforma del sistema financiero, y todo lo relativo al desarrollo de las libertades democráticas —reforma del Código Penal, Justicia militar, reorganización de las Fuerzas del Orden—, en definitiva, el cambio del modelo social no era una cosa sencilla, pero a cambio existía el firme compromiso político de todas las fuerzas de que había que conseguirlo y había que hacerlo en paz. Para ello no quedaba otra que ceder.

Y sin embargo a mí todo eso se me escapaba. O mejor; es que ya no me preocupaba. Por fin se había estabilizado mi vida familiar, tenía una ilusionante relación sentimental, un trabajo y un futuro laboral ¿Qué puñetas me podía importar la política, los políticos y lo demás? ¡A mí lo único que me importaba era que me dejaran en paz!... Sí, así de simple era entonces mi vida: trabajo, algo de ocio, y un pasar sin sobresaltos. ¡Que le dieran por ahí a todo lo demás!… Craso error que luego, con el paso de los años, habría de lamentar.

Extracto/adaptación capítulo libro: Colores y silencios (II) - Memorias de la Transición 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por comentar...

Anuncios adaptables aquí (2)