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Reconozco que últimamente me preocupa y obsesiona el tema de la amistad, hasta
el punto de preguntarme reiteradamente si es posible la relación de amistad en
las sociedades actuales: ¿La palabra “amistad” es un término a extinguir en la
realidad actual?
Para responder adecuadamente a estas preguntas, quizá lo primero que debería
preguntarme es qué sería lo que considero conceptualmente como “amistad”. Y
respondiendo a ello, al hilo de este post, pienso que podría considerar como
amistad la relación entre dos personas que, por ser lo que son, logran entre
ambos una relación mutuamente benévola, benéfica y confidencial.
Pero aun concibiendo con ese bagaje mínimo la amistad, ya puedo avanzar que me
resulta difícil encontrar algo similar en la realidad actual: la exaltación
del trabajo, las diferentes lealtades que exige la vida moderna, la concepción
fanática de la seguridad en la vida, la pérdida del interés por un
conocimiento interpersonal que vaya más allá de lo que del otro queremos o
esperamos, y el agnosticismo de los valores sociales y morales, inciden, sin
lugar a dudas, en la crisis sobre la confianza y la amistad.
¿Debo concluir, entonces, que la amistad es hoy una realidad escasa llamada a
una pronta extinción? Pues me basta observar el mundo que veo a mi alrededor,
en el que solo encuentro miseria moral: ambición, orgullo, egoísmos
personales, farsas, hostilidad política y económica, torturas, persecuciones,
discursos que aquí dicen esto y allí lo contrario, traiciones, cobardías… ¡No
veo la amistad por ninguna parte!
¿Será acaso que busco la utopía en la cuestión? ¿Qué es lo que yo esperaría de
una relación de amistad?
Esperaría que la amistad configurara una realidad basada en aceptar que el
amigo sea lo que es y quiere ser.
Desearía que fuera una amistad ajena a consejos, porque estos siempre suponen
una relación de dominio por enunciación de deseos.
Exigiría que la franqueza en la relación con el amigo se mantenga siempre
dentro de los límites de lo conveniente.
Que el amigo supiera discernir lo que para cada uno es importante y decisivo;
que ambos amigos fueran capaces de soportar pequeñas decepciones y pequeños
disgustos. Creo, sinceramente, que aquel que, ante cualquier cosa que le
contraría “echa los pies por alto”, ese, en mi opinión, no es ni puede llegar
a ser amigo de nadie.
Considero que la amistad no debe limitarse a compartir las penas y alegrías
del momento. Hay que adelantarse, procurar imaginar lo que el amigo prefiere,
e incluso lo que le conviene.
Por último, entendería que la amistad debe orientarse a la consecución de
objetivos —políticos, sociales, religiosos— en los que puedan participar otras
personas próximas.
De modo que, si considero la amistad desde la perspectiva de estas mínimas
premisas, lo cierto es que yo no encuentro la amistad por ninguna parte.
Están los conocidos, los compañeros, los “amiguetes” de “birras” y fútbol, los
contertulios, los afines en ideas, y cien otros similares. Pero… los amigos
¿Dónde están los amigos?
Hace algunos días alguien me comentaba: “Tú me utilizas, y yo te utilizo a ti.
La cosa va bien”. No lo acepté. Porque yo no pensaba un sentido materialista
de la relación que se avanzaba en esa amistad incipiente. Y, sin embargo,
¡ahora lo veo claro!, tenía toda la razón. Y es que, como escribía don Jacinto
Benavente: “En el mundo, mejor que crear afectos es crear intereses”.
Intereses afines, añadiría yo. Porque, en mi sincera opinión, sin afinidad de
pensamientos e intereses, es imposible la amistad, al menos la ideal.
Sin más literaturas, frases hechas, o palabras rimbombantes…
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