Decía el maestro Pérez Reverte en una de sus últimas entradas que envejecer
bien es un arte, porque levantarse cada día con dolores nuevos y descubrir que
el mundo no te debe nada, sino que pasa factura, es un privilegio de la
edad.
Decía, también, que acudir al médico y buscar farmacias para mitigar esos
dolores, es condición penosa y quejica, y que en muchísimas ocasiones leer a
los estoicos es mejor anestésico que las aspirinas o el paracetamol. Porque
esas lecturas no ayudan a quitar el dolor, pero ayudan a soportarlo.
Y, francamente, tras la lectura, no pude menos que volver a admirar al
maestro, sobre todo por lo que coincidía con mi propia forma de pensar.
Porque, efectivamente, yo soy uno de esos “bichos raros” que acostumbra a leer
diariamente algún postulado estoico. Y no me limito solo a leerlo, sino que lo
reflexiono, lo pienso, y luego procuro adaptarlo al momento actual para
compartirlo a través de mis humildes redes de comunicación. Y digo humildes no
en el sentido clásico de la palabra, sino por utilizar un adjetivo menos
humillante respecto a mis pocos seguidores y a su escasa o nula
efectividad.
Tengo como certeza propia que lo más interesante de mi obra literaria responde
a aquellos textos que tienen en la reflexión estoica su razón de ser. También
considero razón objetiva que, precisamente esas obras, son las que menos
interés despertaron limitando sus ventas a poco menos que un hecho puntual.
Textos como “Diálogos del silencio” “Bitácora del crepúsculo” o “Ecos de la
distancia” me llevaron el triple de tiempo que cualquiera de mis novelas, pero
el hecho de escribirlas también me aportó el triple de satisfacción y
felicidad.
Por eso los leo y los releo, quizá en un intento de suplir su falta de
lectores. Y cuánto más lo hago, más aprendo. Y una de las cosas que más me
llenó siempre de ellos, fue aprender a conocer el envejecimiento, el arte de
envejecer, en suma, como asegura Pérez Reverte. Recordar a diario que la vida
puede ser muy cabrona, pero que de ella solo controlamos lo que controlamos, y
que no controlamos todo lo demás, por lo que no hay que preocuparse por
aquello que no podemos controlar; que de nada sirve culparnos por lo que
hicimos o dejamos de hacer, pero que hay que saber vivir con ello; que la
felicidad no se encuentra en alcanzar la meta, sino en recorrer el camino; que
la queja no soluciona problemas, tan solo convierte en quejicoso al habitual
de ella, gente tóxica para sí mismo y los demás. Que es cosa vana buscar el
reconocimiento y la fama, y que aquel que tiene un amigo, tiene un tesoro.
Pero sobre todo y por encima de todo, comprendí que fueron esas lecturas las
que me permitieron ampliar horizontes, elaborar juicio crítico, afrontar lo
que viniera y prepararme para lo que ha de venir. Que fueron las muchas
lecturas las que me prepararon para escribir, para poder adquirir y transmitir
conocimiento. Y ese camino nunca fue calvario, sino esencia de vida, fuerza
espiritual, entrega y pasión de quien se niega a pasar por este mundo sin la
completa seguridad de no haber sido indiferente a la vida, a la injusticia y
la desigualdad, lo sea en su forma política, social o ecológica; de haber
intentado hacer siempre lo correcto según mis creencias, de haber devuelto al
mundo, según mis posibilidades, algo de lo que tanto nos dio. Porque, aunque
solo signifique un pequeño grano de arena en el inmenso mar, ya se sabe
aquello de que “un grano no hace granero, pero ayuda al compañero”. Pues eso.



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