ODIO EN LAS VENAS - Momentos para discrepar

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domingo, 4 de marzo de 2018

ODIO EN LAS VENAS

Odio en las venas
Odio en las venas: portada

de Mariano Velasco

Decía Marco Tulio Cicerón que "los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla". Y aunque no esté yo muy seguro de que desconocer la historia condene a repetirla, si creo firmemente, en cambio, que conocerla ayuda a cerrar las viejas heridas. Por eso soy un firme partidario de la Ley 5/2007, de 26 de diciembre, más conocida popularmente como "Ley de la Memoria Histórica".
Porque considero un imposible pretender curar las heridas de nuestro más reciente pasado histórico sin conocer "la verdad", aunque esta solo sea la "verdad" de cada uno por subjetiva que sea. La propia exposición de motivos de la Ley establece que "…es la hora, así, de que la democracia española y las generaciones vivas que hoy disfrutan de ella honren y recuperen para siempre a todos los que directamente padecieron las injusticias y agravios producidos por unos u otros motivos políticos, o ideológicos o de creencias religiosas, en aquellos dolorosos periodos de nuestra historia. Desde luego, a quienes perdieron la vida. Con ellos, a sus familias". Esto es, la Ley reconoce un derecho individual a la memoria personal y familiar de cada ciudadano.
Por eso creo que la memoria histórica no puede ser, no debe ser, unidireccional en el sentido en el que al parecer ha tomado carta de naturaleza en el magín social, presentándola como una especie de arma arrojadiza a favor de uno de los bandos de los que se enfrentaron en aquel oprobio que fue la Guerra Civil. Porque no servirá entonces a su objetivo principal, que no es otro que "contribuir a cerrar las heridas todavía abiertas en los españoles y a dar satisfacción a los ciudadanos que sufrieron, directamente o en la persona de sus familiares, las consecuencias de la tragedia de la Guerra Civil o la represión de la Dictadura".
Convencido del valor reparador de esta Ley, escribí en su momento Mancha Roja, un ensayo de investigación con vocación de búsqueda objetiva de la memoria histórica en la provincia de Ciudad Real. Y fue, precisamente, durante el periodo de documentación de aquella obra cuando topé con una de esas preguntas, con uno de esos pensamientos, que hacen pararse a uno con el ánimo de reflexionar. La cita era de Javier Ruiz Portella. Está tomada del "A modo de presentación" en La Guerra Civil ¿Dos o tres Españas?: "Cómo se pueden entender las atrocidades cometidas entre la población civil en plena retaguardia? ¿Sólo hubo las atrocidades cometidas por los fascistas? Los que murieron a manos de los fascistas figuran en algún lugar del inconsciente colectivo como víctimas del combate por la democracia. Pero quienes murieron a manos de los otros parecen haber muerto en balde; nuestro silencio, nuestro olvido, hace como si ni siquiera hubieran muerto".
Desde entonces quedó grabada en mi conciencia la necesidad de recuperar la memoria histórica de todas las víctimas, fuera cual fuera su bando y el momento histórico de su pasión. Al fin todos somos reos de nuestra propia historia familiar. Y yo, como todos los demás, también tenía el derecho a dar satisfacción a quien murió víctima del odio y la violencia, aunque en este caso, ese odio y esa violencia dimanaran del propio lado de la revolución popular.
Odio en las venas es el fruto de esta inquietud personal, la expresión del propio derecho individual a la memoria personal y familiar de cada ciudadano que proclama la Ley de Memoria Histórica en su artículo 2. Pero es una expresión novelada, por tanto desapasionada y en absoluto reivindicativa. Solo ahonda en una realidad que ocurrió por mucho que esta nos duela. Y ella también constituye memoria histórica que conocer, aunque solo sea para evitar en su olvido aquello de que "los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla".

https://www.youtube.com/watch?v=n6GdMK-oLXg
https://www.youtube.com/watch?v=kvBQG_8lt18
https://www.amazon.es/dp/B079QK3WSK

ODIO EN LAS VENAS: UNA ASIGNATURA PENDIENTE


Cartel: Odio en las venas
Odio en las venas: cartel expositor
Escribo por necesidad. Eso es algo que ya he dicho en alguna otra ocasión. Pero no lo hago solo por eso, sino porque escribir es uno de los principales objetivos de mi vida, y para alcanzarlo no me quedó otra que ponerme a ello. Sin tasa y sin excusas; porque ese es el único camino que conozco para alcanzar el éxito.
Y no me refiero al éxito entendido en su aspecto material de reconocimiento, fama o dinero -faceta difícil de lograr y que solo un pequeño porcentaje logra alcanzar-, sino al éxito en el sentido de satisfacción, de logro del objetivo personal de ser lo que uno quiere ser, superando lo que se debe ser; esto es, lo que nuestro rol social nos impone que debemos hacer en todas aquellas parcelas menos personales y más sociales de la vida.
Porque no tendría explicación, si no, que haya escrito durante treinta años con tesón y perseverancia sin haber logrado por ello ser reconocido como escritor. Y escribir durante treinta años sin la contrapartida de obtener ninguna de las compensaciones que busca un escritor: fama, éxito, dinero; eso solo tiene una explicación: que uno escribe por auténtica necesidad vital, viniéndose a conformar con la satisfacción íntima que te produce el hecho de escribir. Una satisfacción muy pobre, dicho sea de paso. Pero insisto, es con la que uno se tiene que conformar.
Yo escribo todos los días, a todas las horas. Quiero decir a todas las horas que me quedan libres tras realizar mis otras obligaciones. Así que inexorablemente un trabajo sigue al otro, y mi obra, esa que poca gente ha querido leer, va alcanzando una considerable proporción. Lo que nos lleva a la cuestión del porqué elegir de nuevo la Guerra Civil como tema para esta obra en cuestión.
El hecho dimana de esa necesidad de escribir para contar. Y yo siempre he sabido que quería contar una historia ciertamente personal sobre la Guerra Civil: la de aquellos que tuvieron que vivirla en las retaguardias teniendo la desgracia de no pertenecer, por ideas o por mera calificación social, al bando en que les tocó. Lo intenté con una obra anterior: Mancha Roja; pero quizá abrumado por el exceso de información, o simplemente por mera pusilanimidad, al final lo que escribí fue un ensayo de investigación que no era lo que ansiaba contar. De modo que el reto quedó pendiente ahí, en espera de que llegara el momento creador.
Y como quiera que concibo la vida como una obligación de hacerse lo que uno quiere ser, algo que casi siempre se sabe -me refiero a lo que uno quiere ser- por mero descarte de lo que uno no es, o no debe o no quiere ser, pues era del todo impensable que no volviera a retomar aquel fallido intento de contar lo que quería contar sobre la Guerra Civil. Como entre medias, además, ya han pasado algunos años, y uno ha dejado a un lado el temor pusilánime a decir lo que quiere decir, guste o no -y no me refiero al gusto estético- pues henos aquí de nuevo, tras emborronar centenares de folios en blanco, en la tesitura de sacar a la luz una nueva obra que de antemano sabemos que a muchos no les va a gustar. Y no por su tenor literario, sino más bien por su contenido histórico: una compilación de hechos que no pocos pensarían o pensarán que ya es hora de olvidar.
Yo también soy de aquellos que piensan que ya es hora de pasar páginas, de comprender, disculpar e incluso perdonar. Pero esto es algo que solo se puede conseguir conociendo la realidad; y digo bien, la realidad objetiva, que no verdad, porque la verdad siempre es subjetiva y estará en el lado de cada cual. Por eso en Odio en las venas se describen hechos históricos corroborados por la investigación previa en archivos, hemerotecas y bibliotecas; datos irrefutables, pues. Pero se incardinan con una trama de personajes ficticios que permitirán a la imaginación del lector saltar por entre las difusas líneas literarias de la realidad y la ficción, pudiendo configurar con ello cada cual su propia realidad histórica sin hueco para el rencor.
Odio en las venas no es por tanto una novela testimonial, ni mantiene ninguna oculta intención. Aunque sí es la asignatura pendiente que este escritor en esencia tenía que escribir, para bien o para mal.
Creo haber respetado la regla básica de la novela histórica: ser fiel a la historia aún con un entramado que se configura en la ficción. Para ello me he documentado mucho, lo he pasado bien y he aprendido cosas en el proceso. En lo fundamental, que no hay verdades objetivas, y que las historias personales que conocemos, en realidad están deformadas por el color del enfoque con el que nos han sido transmitidas. Lo que nos lleva a una única conclusión: que la vida social y en común es cosa de tolerancias; que no hay nada más difícil que ser tolerante de verdad, y que cuando se quieren las cosas siempre se encuentra el tiempo y el momento para poderlas realizar.
Ojalá que este trabajo ayude a conocer mejor nuestro pasado con el fin de disculpar lo que fuimos, perdonar lo que somos, y encaminar lo que queremos ser.

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