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| El vagón de tercera clase (Honore Daumier, 1862) |
A veces suele resultarme una actividad especialmente
placentera aquella de volver a leer algún artículo de opinión de aquellos que
escribiera hace ya algunos años y reflexionar después sobre su contenido: ¿Cuánta validez puede tener en la actualidad aquella opinión a la que el paso
del tiempo ha venido a cambiar su contexto y escenario social?
Fue el viernes, 23 de febrero de 2018, cuando escribí una nueva entrada para este blog bajo el título de "Elogio del individualismo social". En él venía a defender que no creía en la suerte, sino en el resultado del trabajo, de la constancia y del desarrollo del talento; y que no eran esas prendas que adornaran mucho al conjunto social. Lo que en definitiva redundaba en la inmovilidad de un sistema que basaba en el conformismo su fuente de legitimidad.
Y ante tal situación, ante la inexistencia absoluta de
acción social, abogaba por un individualismo comprometido con la cuestión
social, entendido éste como impulso y motor de cambio; es decir, como arma
frente a la inmovilidad. Y todo ello legitimado por la mera convicción de la
importancia que para la buena organización de la sociedad ha de tener la
defensa de lo común.
¿Y qué pienso ahora, en este otoño de 2026, más de ocho años
después, sobre aquella opinión? Pues en lo esencial, que estaba equivocado de raíz;
que la suerte y el saber medrar constituyen la mayor parte de los
condicionantes que posibilitan el éxito social y personal. Y que eso del esfuerzo,
el talento y el trabajo solo son milongas para románticos y perdedores en el
mundo actual. De hecho, no hay más que observar la casta y ralea de aquellos
que ocupan las portadas de los medios, o de los que ejercen y participan en el
hacer político actual.
¿Individualismo comprometido contra el inmovilismo social? Y
un cuerno; individualismo para el aprovechamiento personal, y que les den a los
demás. Esa es mi opinión actual.
Y como a pesar de todo, seguro que queda por ahí algún “rarito”
de esos capaces de ofrecer su trabajo, talento y dignidad en busca del bien general,
pues ¡Ole sus cataplines!; porque yo lo busqué y solo encontré desengaño y animadversión.
Y es que, por mucho que nos empeñemos, hay cosas en la vida que nunca van a
cambiar.



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