MEMORIAS DE LA TRANSICIÓN (V): DEMOCRACIA VERSUS "CUARTELADA" - Momentos para discrepar

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martes, 22 de mayo de 2018

MEMORIAS DE LA TRANSICIÓN (V): DEMOCRACIA VERSUS "CUARTELADA"



Se acercaban las fechas navideñas de aquel crítico año de 1976. Para entonces el ambiente cuartelero ya formaba parte de mi vida, una tediosa rutina que había aprendido a soportar. Estudiaba mucho. Sabía que no había obtenido un buen número en la oposición, y que de los resultados académicos iban a depender todos los destinos que se habrían de suceder tras cada periodo de formación. Así que la cosa la tenía clara ¡No me quedaba otra que estudiar!




Aquella mañana fue de nuevo mi amigo  Zorrilla el que me informó ¿Cómo lo hacía? Seguro que escuchaba los informativos radiofónicos, algo que desde luego a los demás ni se nos pasaba por la imaginación. Estábamos en formación, y como en un susurro me comentó:

—¡Han secuestrado a Oriol!
—¿A quién? —le pregunté.
—¡Al presidente del Consejo de Estado! —me respondió.

Como si me hubiese hablado de la luna o algo más lejano. Me encogí de hombros:

—Los militares están "cabreaos" —volvió a la carga Zorrilla—.  Puede que la líen antes de empezar.

Los militares. Siempre los militares —pensé—. Qué angustioso me resultaba vivir esos nuevos tiempos encontrándome enfundado en un uniforme militar.

Salí del cuartel para asistir a una consulta odontológica. Recuerdo que compré la prensa y me puse a hojearla con avidez. Me desplazaba en uno de esos nuevos trenes de cercanías mientras leía como con ansia las noticias del secuestro. El  GRAPO lo había reivindicado. Solicitaba la liberación de varios presos de extrema izquierda a cambio de la de Oriol. También contemplaba con atención los titulares que se referían a la situación del Ejército. Y vivía angustiado lo que decían, porque si el ejército se sublevaba yo estaba en primera línea de acción.

Pero pese a todo ello, el 15 de diciembre de 1976, los españoles dijeron "sí" a la Ley para la Reforma Política. Y lo dijeron —porque yo no pude votar enclaustrado como estaba en el cuartel— de una forma abrumadora, con una participación del setenta y siete por ciento del electorado. De ellos, el noventa y cuatro por ciento dijo "sí" a la elección de representantes,  "sí" a la democracia política, "sí" a la nueva era… ¿Y ahora qué iba a pasar? —me preguntaba— ¿Qué iba a ocurrir en España? Pero sobre todo ¿Qué me iba a ocurrir a mí?

La democracia —pensé—. ¿Qué me decía a mí la democracia? ¿Qué sabía de ella? ¿En qué iba a consistir esa democracia que la Ley de reforma Política pretendía lograr? Y pensé que debería preocuparme por saber de esas cosas, porque entonces yo no sabía —o no conocía con la suficiente entidad—que lo que se pretendía alcanzar era un Gobierno que representase la voluntad de la soberanía popular expresada por medio de elecciones libres, unas elecciones capaces de garantizar los derechos —individuales y sociales— de los ciudadanos a través de las leyes. Y todo ello garantizado por el principio del equilibrio entre los poderes: legislativo, ejecutivo y judicial. Eso era lo que se cocía en el caldero político y no otra cosa. Y no era poco que digamos, porque comparado con lo que había vivido hasta entonces aquello parecía el summum de la libertad.

Pasaron las Navidades, y tras el breve lapso vacacional allí estaba de nuevo, en los inicios de ese año de 1977, de vuelta en el cuartel. Y no comenzó bien ese año, precisamente, porque el 24 de enero, a las once de la noche, en un despacho laboralista vinculado a Comisiones Obreras, sito en el 55 de la calle de Atocha, tres ultraderechistas entraron reteniendo a las nueve personas que se encontraban allí —siete abogados, un estudiante y una administrativa— tiroteándolos después. Fallecieron cinco. El día anterior el GRAPO había secuestrado al teniente general Villaescusa, presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar. Y ambos sucesos parecían abocar a una situación política de endurecimiento del régimen. El débil camino hacia la democracia, esbozado con la aprobación de la Ley para la Reforma Política, podía hacer aguas incluso antes de empezar.




Y en los cuarteles la situación se vivía con especial inquietud: doblados los servicios de seguridad, con los correajes repletos de cargadores y munición, recibiendo arengas continuamente ¡Negro percibía el horizonte!

Y me volvían a la mente aquellas escenas del pasado verano, cuando permanecía como recluta en el cuartel Infanta Isabel en Cáceres capital. Eran las horas de asueto de la tarde y me encontraba sentado en uno de aquellos bancos de piedra de los que disponía el patio del cuartel. Frente a mí, algunos compañeros pasaban el rato jugando al baloncesto. Fue entonces cuando los vi por primera vez. Eran tres o cuatro muchachos vestidos con las ropas de civil que salían al patio custodiados por dos miembros de la guardia con el máuser a colación. Paseaban, y en una de las ocasiones pasaron muy cerca de mí. Les miré atentamente —recordaba— y uno de ellos me sonrió. Luego alguien me comentó que eran "objetores de conciencia", jóvenes que por convicción se negaban a integrarse en todo tipo de actividad que tuviera en las armas su objetivo esencial.

Les vi otras tardes. Siempre a la misma hora. Y supe que eso era lo poco que les concedían cada día para salir fuera de su horrenda prisión: media hora de paseo por el patio del cuartel. Me pregunté entonces si valía la pena sufrir tales calamidades sólo por ser fieles a unas ideas. Pero en esos momentos que vivía, a tenor de los asesinatos ocurridos en Atocha, comprendí todo el valor y valentía que encerraba aquella actitud. Con jóvenes, con hombres como esos en el gobierno de un país —pensé—, no sucederían hechos como los que acababan de ocurrir.

El 11 de febrero de 1977, los servicios de la Dirección General de Seguridad, en colaboración con la Guardia Civil, liberaron a Antonio María de Oriol y Urquijo y al teniente general Villaescusa. La noticia fue difundida a los cuatro vientos por el ministro de Gobernación, Rodolfo Martín Villa. Y yo sentí al oírla como una inmensa paz, porque pensé que así todo retornaría a la normalidad.




Pero los cuarteles siempre están llenos de sorpresas. Eran sorpresas de esas que a mí me hacían temblar, como la de aquella lluviosa tarde de febrero de 1977, en la que nos hicieron salir de las aulas y subir a formar a los dormitorios ordenando situarnos cada uno junto a nuestra taquilla. El objetivo era hacer un registro pormenorizado de las mismas en presencia del propio militar —¿Dónde quedaba el derecho a la intimidad personal del soldado? —me pregunté estúpidamente porque yo sabía que era un derecho inexistente—. Y allí me encontraba, en espera de pasar la revista, cuando de pronto se inició un "revuelo": en una de las taquillas de uno de los soldados de "unidad", esto es, de los que cumplían el servicio militar obligatorio en ferrocarriles, parece que habían encontrado algún tipo de documento de aquellos que se consideran ilegales y subversivos.

Escuché los gritos del oficial interpelando al soldado: "¿Y esto que es, so cabrón?". Después lo sacaron a empujones del dormitorio, un manojo de papeles en las manos del oficial. Los demás permanecíamos allí formados y sin saber qué hacer. Miraba hacia los fluorescentes del alumbrado. El atardecer del invierno había llenado de sombras el exterior. Luego observé que alguno de los compañeros comenzó a moverse rompiendo la formación. Con las prisas del arresto nos  dejaron allí sin ordenar romper filas. Pero la situación se prolongó y los más atrevidos actuaron por su cuenta. Luego les seguimos los demás. Fue entonces cuando oí decir que alguien había recogido alguno de los documentos requisados; al parecer se cayó del desordenado mazo que portaba el teniente. Me dijeron que era un ejemplar de "El soldado", una especie de periódico que hacía las veces de portavoz oficial de la Unión Democrática de Soldados. Pero yo no tenía ni idea de lo que ese periódico o esa organización pudieran ser.

No, ciertamente, yo que iba a saber. Como iba a saber que algunos jóvenes de los que cumplían el servicio militar obligatorio habían fundado un movimiento clandestino para tratar, desde dentro de los cuarteles, de evitar los abusos de los mandos sobre la tropa de reemplazo y de concienciarlos para que no marchasen contra el pueblo en caso de golpe militar. Eran jóvenes muy politizados, casi todos pertenecientes a la Joven Guardia Roja, la organización juvenil del Partido del Trabajo de España (PTE), una organización situada a la izquierda del Partido Comunista y responsable en gran parte, junto a la Organización Revolucionaria de Trabajadores (ORT) de la movilización del movimiento obrero, feminista, estudiantil…

El Partido Comunista abogaba por la reconciliación y el pasar página tras la dictadura. Pero algunas plataformas situadas a su izquierda aún pensaban en una ruptura completa con el franquismo al estilo de la acontecida en Portugal con la "Revolución de los Claveles". Socializar a la tropa era parte de la estrategia de esos partidos. Así que empleaban a los miembros que cumplían el servicio miliar obligatorio para que en la medida de sus posibilidades, generalmente a través de pequeñas actividades, confraternizasen con el resto intentando disminuir el ambiente golpista existente y defender los derechos democráticos de sus compañeros. Pero su objetivo último no era otro sino que llegado el caso de ruptura, las tropas no se pusieran del lado del poder.

Y es que lo cierto era que tras la muerte de Franco podía ocurrir cualquier cosa en el tema político y militar. El año posterior a su muerte había sido crítico en ese aspecto: nadie podía descartar que los altos mandos del ejército decidiesen acabar con los vientos de cambio que comenzaban a percibirse.

Tampoco había oído hablar de los "úmedos", los miembros de la Unión Militar Democrática (UMD), apenas algo más de un centenar de oficiales y suboficiales que se comprometieron con los valores democráticos desde dentro del ejército franquista. La UMD fue fundada en septiembre de 1974 por Julio Busquets en Barcelona, José Portes en Galicia y Luis Otero en Madrid. Su objetivo primario fue velar por el advenimiento de la democracia y defenderla posteriormente ante cualquier intento de involución golpista. Pero hasta ese momento lo único que consiguieron fue sufrir juicios en tribunales de honor, expulsiones del ejército, arrestos, traslados forzosos, negativas de ascenso… El régimen  empleó toda la dureza posible contra ellos. Y es que efectivamente, a la altura de 1977, el compromiso democrático no era igual para todo el mundo. Y mucho menos dentro del cuartel.


Extracto/adaptación capítulo libro: Colores y silencios (II) - Memorias de la Transición



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