¡QUEJAS! - Momentos para discrepar

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martes, 2 de julio de 2019

¡QUEJAS!

Me pregunto por qué la gente se queja, por qué nos quejamos tanto; de todo, por cualquier cosa, por la menor nimiedad, convirtiendo la vida cotidiana en una especie de cuaderno de agravios que no parece otra cosa sino que nos encantara, a cada momento, rellenar. Es como si hubiéramos perdido la capacidad de tolerar al prójimo, olvidando que vivimos en sociedad y que por eso mismo somos especie evolucionada sobre las demás. Y es que nos irrita todo; las esperas en una cola, los errores o maniobras al volante de los otros, las opiniones o gustos políticos y sociales de nuestros contrarios… reaccionando con agresividad ante cuestiones de lo más banales y convirtiendo el cotidiano vivir en una especie de mundo insoportable del que nos gustaría escapar, ya que no somos capaces de poderlo modificar.
GRIS - QUEJAS
¡Quejas!
La queja parece convertirse así en válvula de escape o seguridad que impide que la olla a presión de nuestro cerebro llegue a reventar. Resulta, por tanto, una mera cuestión de autodefensa que nuestros sentidos elaboran para buscar el reequilibrio ante estas situaciones y tornar a la normalidad.
Y bien, si esto es así ¿podría suponer esta interpretación la respuesta a la pregunta sobre el porqué de la abundancia de las cotidianas quejas?
Pues mucho me temo que no, dada la multitud de interpretaciones y respuestas que puede uno encontrar con solo mirar e interesarse por saber de esta cuestión.
Así, por ejemplo, hace unos días pude toparme con una de esas diferentes interpretaciones. Lo hice a través de una lectura que me fue recomendada de la manera más anecdótica y casual. Tanto que no me resisto al hecho de poderla contar.
Andaba yo en vicisitudes de pasar una consulta de traumatología, cuando el profesional que me atendía —del que silencio su nombre por aquello de la intimidad y la debida protección de datos—, al ver mi estado de nerviosismo ante la inminencia de una infiltración, comenzó, en un loable esfuerzo por conseguir mi tranquilidad, a hablarme de literatura. Conocía él mi pasión por el mundo de la escritura —¡Hay que ver las curiosidades que plantea la vida: una tertulia literaria en una consulta de traumatología!—. Bien, pues, de entre lo divino y lo humano que hablamos mientras la odiosa aguja taladraba mi pie, surgió la recomendación: El poder del ahora, de Eckhart Tolle. Y me faltó tiempo para regresar a casa, coger mi libro electrónico, realizar una búsqueda y efectuar una compra que en breves instantes tenía en mi poder.
Comencé a leerlo y pronto me encontré con una lectura que a mí me resultaba compleja por su densidad, primeramente, y por discrepar de gran parte de sus postulados, después. Pese a ello, lo ley con voracidad. Tanto que no llegué a asimilar su contenido en aquella primera ocasión.
Volví a la carga algún tiempo después, esta vez armado de paciencia y con cuaderno de notas y bolígrafo a discreción. Y ya sí, ya comenzaron a brotar reflexiones y pensamientos que debía valorar. 
Y fue aquí donde me encontré con una de esas curiosas interpretaciones de lo que son las quejas, pues para el mencionado autor el objetivo/resultado de las quejas no era otro que el de convertirnos en víctimas. Y esto, según él, premeditadamente o no, es lo que todos buscamos, unos como objetivo, y otros como resultado. Es decir, que unos se quejan para sentirse víctimas, mientras que otros se convierten en víctimas porque se quejan.
¿Y por qué aseveraba el autor esta conclusión? Pues porque para él, quejarse significa no aceptar lo que es; es negar el aquí y ahora; es preferir estar siempre en otra parte porque el “aquí y ahora” no nos parece nunca bueno. Así que lo que el escritor proponía era evitarlas —dado que la queja le parecía un hecho poco recomendable— por la vía de actuar para cambiar la situación, o simplemente aceptar las situaciones que vivimos en cada momento en cuestión.
Yo no sé si Eckhart Tolle tiene razón o no. Aunque, desde luego, a mí, personalmente, no me convenció. Porque no creo que sea algo tan fácil y sencillo aquello de modificar las situaciones a base de actuar, y porque aceptar lo que ocurre no implica que no podamos o debamos expresar nuestro disgusto con ellas. Las situaciones se aceptan siempre ¡Qué remedio!; y se disfrutan cuando son buenas, al igual que nos pesan y disgustan cuando son malas. Por eso, del mismo modo que cuando son buenas damos rienda suelta a la alegría, de igual manera, cuando son malas, damos paso a las quejas.
De modo que volví a mi convicción de que las quejas son consustanciales al ser humano, porque, en definitiva, constituyen el mecanismo biológico para aliviar la presión, por mucho que las quieran denostar estos “gurús” de la autoayuda y el control. Y que no resulta lógico ni sano el quererlas reprimir bajo el estigma de considerarlas como puro victimismo, mera acción teatral, por parte de aquel que las expresa.
Pero, ¡siempre hay un, pero!; con todo y pese a todo, nos quejamos tanto, sentimos tantas quejas cada día, que uno se pregunta si no será verdad que en el fondo lo que nos gusta es llamar la atención, aunque sea a costa de sentirnos constantemente víctimas en la sociedad... No sé, allá cada cual con su opinión.
De modo que, llegados a este punto, mi conclusión sería aquella de, quéjese cada cual cuanto quiera, si es que ello le hace sentir mejor, pero no espere conseguir que los demás le presten mucha atención, porque, al fin y al cabo, lo que uno expresa con su queja es simplemente su disconformidad subjetiva con cualquier cuestión. Y esto, en realidad, es un asunto que solo le interesa al quejicoso en cuestión.

1 comentario:

  1. Interesante reflexión, sin duda. Me permito un añadido. La queja es tan consustancial a la vida en sociedad que el derecho administrativo la tiene regulada. Un abrazo.

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