MOMENTOS PARA EL DIÁLOGO (I) - LAS COSAS SENCILLAS - Momentos para discrepar

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domingo, 8 de marzo de 2020

MOMENTOS PARA EL DIÁLOGO (I) - LAS COSAS SENCILLAS

No comprendo por qué nos podemos alegrar cuando le pasa algo malo a los demás. O simplemente, por qué podemos pensar: “Menos mal que no me ha pasado a mí”. Los psicólogos y psiquiatras dicen que es un reflejo natural que nos hace sentir bien y a salvo. Aunque yo no estoy muy convencido de ello, porque, sinceramente, a mí me parece que solo es una manifestación de envidia; ese odioso sentimiento del que también vamos servidos los españoles.
Pero, ¿por qué somos tan envidiosos, hasta el punto de alegrarnos del mal de los demás?; cosa, desde luego, difícil de explicar a la luz de la razón. Pues eso es algo que me he preguntado en múltiples ocasiones.
Los seres humanos buscamos la felicidad; o al menos, deberíamos buscarla. El problema consiste en definir qué es la felicidad. Y si la felicidad la entendemos, exclusivamente, como mera posesión o acumulación de bienes, éxito social, reconocimiento o poder, estaremos basando el alcance de ese estado en circunstancias que provienen exclusivamente del exterior. Y como éstas, en la mayoría de los casos, no llegarán, jamás conseguiremos ser felices. De ahí tanta envidia por el éxito que alcanzan los demás, tanta frustración generadora de infelicidad.
COLORES Y SILENCIOS
No tengo nada en contra de los que alcanzan el éxito en sus vidas; lo sea económico o de prestigio y poder. Al contrario, siempre procuro alegrarme de sus triunfos y de la felicidad que ello les suele conllevar. Así, pues, no envidio, ciertamente. Por eso, consciente a estas alturas de mi vida de que esas son mieles que no saborearé, mi búsqueda de la felicidad camina por otros derroteros mucho más sencillos de alcanzar.
La posibilidad de hacer cosas, y de compartirlas con los demás. Porque compartir con los demás, ayuda a comprender que el mundo es poliédrico, que hay muchas vidas, que cada mundo es diferente. En definitiva, que uno no es el ombligo del mundo.
Es lamentable comprobar como hoy en día se ha perdido la capacidad de trabajar en equipo. Basta observar cómo juegan los niños, casi siempre en solitario, ante sus artilugios electrónicos. Porque los padres y abuelos ya no dejamos que nuestros hijos o nietos jueguen en las calles, siempre bajo nuestra atenta mirada protectora, sobreprotegiéndoles continuamente e impidiendo, con ello, el desarrollo de sus habilidades sociales, acentuando el individualismo y eliminando casi de raíz su capacidad de trabajar en equipo. La desconfianza y la falta de amistad será su premio final.
Cómo extrañarnos, pues, del gran triunfo de las redes sociales, esas que ofrecen sustitutos y amigos virtuales sin necesidad de tener que romper las corazas del individualismo protector. Cuánta infelicidad repartida a manos llenas, cuando es tan fácil alcanzarla con las cosas más simples, ordinarias y sencillas.
La práctica de la confianza, no es otra cosa que creer y confiar en que el otro hará lo que se espera que debe hacer. Y cuando falla aquel en el que confiamos, tenemos que ser capaces de comprender que solo es un caso entre los demás; un caso, además, incapaz de anular nuestra capacidad de confiar.
Porque ser feliz es así de sencillo. Consiste, tan solo, en descubrir que uno es feliz cuando está sereno, cuando no teme, cuando se sabe no dependiente de la aceptación exterior. El miedo, la vergüenza, la individualidad enfermiza, son los auténticos enemigos de ese estado de placidez y conformidad con uno mismo que es, en realidad, en lo que consiste la felicidad. Lo demás son solo estados de euforia y alegría que lo mismo que llega se van. Es así de sencillo. Y no hay más.

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